top of page

Cobraba poco y cómo salí de esa trampa


Mi primer cliente me enseñó una lección que no venía en ningún manual.


Era una empresa de alimentos ubicada cerca del centro histórico de la Ciudad de México. Me llamaron porque su cliente principal les exigía cumplir con buenas prácticas de manufactura. Esto fue antes de que existieran certificaciones como GFSI o ISO 22000.


Era un requisito comercial, no regulatorio, pero para ellos era urgente: si no cumplían, perdían el contrato.


Fui a verlos. Platicamos. Entendí lo que necesitaban. Y ahí mismo se me ocurrió la estructura: primero un diagnóstico de las condiciones de la planta, luego un programa de mejoras, luego la asesoría para implementarlo. Tenía sentido. Era exactamente lo que el cliente necesitaba.


El problema fue el precio.


No tenía método. No tenía referencia. Así que hice lo que hacen muchos consultores al inicio: miré al cliente y calculé “a ojo” cuánto creía que podía pagar. Di una cifra. Él dijo que sí casi de inmediato. Me extendió un cheque con el 50% de anticipo.


Me acompañó a la salida. Se despidió. Y se subió a su camioneta —una camioneta de lujo— rumbo a comer.


En ese momento pensé: pude haberle cobrado más.


El error no fue cobrar poco. Fue no saber cuánto valía lo que ofrecía.


Ese día entendí que mi problema no era falta de experiencia ni falta de conocimiento técnico.


Era que no tenía claridad sobre el valor real de mi trabajo.


Estaba cobrando con base en lo que imaginaba que el cliente podía pagar, no en lo que mi servicio realmente valía. Y eso es una trampa, porque tu imaginación casi siempre subestima al cliente.


Además, hay algo que pocos dicen abiertamente: cuando cobras muy poco, el cliente también lo percibe. Un precio demasiado bajo no genera gratitud. Muchas veces genera duda.


Lo que no se ve cuando calculas tu precio


El error más común del consultor técnico es calcular su precio pensando solo en el tiempo que pasa frente al cliente.


Pero ese tiempo es solo una parte del trabajo real.


Toma como ejemplo un curso de buenas prácticas en una planta de alimentos. Lo que el cliente ve es cuatro horas de capacitación. Lo que tú sabes que hay detrás es distinto:

• El tiempo de preparación del contenido, adaptado a ese giro y a ese nivel de personal.

• El tiempo de armado de materiales: presentaciones, formatos, evidencias.

• El tiempo de desplazamiento, ida y vuelta.

• Los gastos operativos: papelería, impresiones, plataformas, equipo.

• Y si hay viaje: hospedaje, alimentos, traslados.


Cuando cobras solo por las cuatro horas frente al grupo, estás regalando todo lo demás.

Y cuando haces eso sistemáticamente, puedes estar muy ocupado y aun así ganar poco.


Cómo fijar un precio que tenga sentido


No existe una fórmula universal, pero sí hay una lógica que funciona.


El punto de partida es descomponer cada servicio en todas sus partes reales: el tiempo directo con el cliente, el tiempo de preparación, el tiempo administrativo, los gastos fijos y los gastos variables del proyecto. Una vez que tienes eso claro, sabes cuánto te cuesta entregar ese servicio. A partir de ahí defines tu margen.


El segundo paso es considerar el valor que entregas, no solo el costo que tienes. ¿Qué pierde el cliente si no resuelve este problema? ¿Una certificación? ¿Un contrato? ¿Una multa de COFEPRIS? ¿Una alerta sanitaria? Cuando el cliente está en riesgo de perder algo importante, tu servicio vale mucho más que tus horas.


El tercer paso es dejar de adivinar lo que el cliente puede pagar. Eso no es empatía, es suposición. Y casi siempre juega en tu contra.


Lo que cambió cuando empecé a cobrar diferente


No perdí clientes. Al contrario.


Los clientes que valoran tu trabajo no se van porque cobres bien. Los que se van por precio, en general, tampoco eran los mejores clientes para trabajar.


Cobrar con claridad también te da algo más valioso que el dinero: te da seriedad frente al cliente. Cuando presentas un precio bien sustentado, con cada componente claro, el cliente entiende con quién está tratando.


Para que te lleves a reflexionar


¿Tienes claro cuánto te cuesta realmente entregar cada uno de tus servicios?

No cuánto cobras. Cuánto te cuesta.


Si no tienes esa respuesta, es probable que estés dejando dinero sobre la mesa en cada proyecto. Y el problema no es el cliente, ni el mercado, ni la competencia.

Es que nadie puede cobrar bien lo que no sabe cuánto vale.



Si esto te resonó, hay más donde vino.


En el Instituto de Consultores estoy construyendo una comunidad para consultores y asesores de la industria de alimentos que quieren dejar de improvisar y construir un negocio con estructura.


Cada semana comparto casos reales, herramientas prácticas y lo que he aprendido en 25 años de práctica — lo que funciona y lo que no.


Si quieres formar parte, entra aquí:


👉 Únete a la comunidad






Comentarios


bottom of page